lunes, 15 de julio de 2013

La puta.

Era una de esas noches vacías, inermes, donde el aburrimiento me invitó a tomar el auto y buscar algo que mantuviera los sentidos despiertos, pues la noche era incipiente y los ánimos un tanto desbordados, sin afán de buscar compañía solícita, tomé rumbo a la zona de tugurios de aquella pequeña ciudad enterrada en las entrañas de la sierra, olvidada del juicio del hombre,  pero azarosamente cuidada de sus tradiciones, no existían ahí más de treinta mil habitantes, si bien no era un lugar pequeño, si conservaba ciertas particularidades, la gente cálida distaba de la frialdad con la que te reciben los vecinos de la capital, una frialdad aprendida por costumbre o defensa, aquí no, la vida es relajada, tranquila, sin necesidad de demasiada hipocresía, de cualquier forma en pueblo chico infierno grande, las mentiras se toman a broma, pues la verdad nunca puede ser evitada, el ingenuo existe por propia decisión.
Aquí en esta tierra verde y majestuosa de naturaleza, íntima y a la vez absurdamente pública, escondida entre mil curvas de asfalto gris alegre, y cuatrocientos árboles y flores vivas, cuatro o cinco municipios desde el centro, dos rubios haciendo dedo, uno de ellos de Minesota y el otro de Irlanda, ayudados en su trayectoria de auto descubrimiento personal, casas viejas y en algunos lugares tránsito lento, algún rebase imprudente y cuasi mortal, cuatro horas después un abrazo sofocante te penetra el alma, te avisa bruscamente que eres bienvenido, no te juzga, no te conoce, y se muere por descubrirte, aquí sucede la historia y vida que les comparto hoy.

Sin lograr concretar una idea precisa, doy vueltas en el auto, por las calles angostas, descuidadas, tomo la decisión de acudir a algún bar tipo cantina, donde se refugian las amoralidades cotidianas,  después de hacer revisión de un par de ellos , elijo entrar en el que cuenta con estacionamiento propio, el resto lo tenía en la acera, un poco improvisado quizás, los encargados del mismo que a su vez se encargaban de administrar la diminuta tienda igualmente improvisada que estaba instalada justo a la salida del lugar, me pidieron el pago anticipado, accedí sin problema, la entrada era más bien una puerta de madera sobrepuesta, las cortinas a forma de puerta bicolor de plata y morado, fueron separadas por mis manos, para ingresar al antro, el lugar era no muy grande, de apenas unas diez mesas, las luces neón cliché, y la barra en el centro, me acerqué y pedí una cerveza oscura, busqué un lugar, no estaba lleno, conté quince hombres y cuatro mujeres, los insinúos tan inevitables como despreciados, pues el objetivo era claro, se trataba simplemente de un ejercicio literario, o, para expresarlo mejor, una forma de  experiencia para lograr una historia concreta y muy realista,

Sillas y mesas de plástico, las paredes azul celeste combinaban con el mal gusto en general, un cuadro mal colocado, dos afiches de mujeres en bikini, los baños al fondo, con dudosa privacidad, un par de cervezas pretextaron un ligero mareo, había olvidado cenar, y no había probado alimento desde la mañana, decidí concentrarme; Las mujeres tenían entre veinte y treinta años, si había menores juro que no se notaba, medio cubiertas con faldas y cortas y brasieres mal puestos circulaban por el lugar de mesa en mesa, de pierna en pierna y de historia en historia, algunas de ellas apuntaban un vientre abultado, expresión de una maternidad no planeada, quizás motivo mismo de su presente, tacones altos, altísimos, plataformas, colillas de cigarro en el piso, ausencia de ceniceros, tuve la fotografía perfecta para entender donde estaba, un redondel de unos tres metros de diámetro a forma de escenario, y Kazandra (si, con k y zeta) se revolvía en piruetas sensuales, apoyada del tubo de metal al centro, curvas grandes, trasero enorme y tetas medianas, la cara madura, labios gruesos y un cabello castaño claro de raíces negras - imagino que aquellas que suben ahí, deben tener la mente en su mundo, en ese pequeño mundo personal  íntimo, el que ninguna persona puede penetrar con la mirada morbosa hacia su cuerpo semi desnudo- de a poco la poca ropa se ausentó, el cuerpo desnudo danzaba una música melosa, ofreciendo los senos al aire y las caderas a los de las mesas de enfrente, algunos aplausos y chiflidos, que al término de la música se refugiaron en sus propias mesas, con el silencio de una anhelada compañía, aunque sea mal pagada sin conseguirla, de entre todas había una, joven morena, delgada y curvas acentuadas, el mejor cuerpo de los ahí presentes, incluyendo los influyentes, de panzas tan abultadas como su ego, esa piel morena daba un baile privado a la mesa justo enfrente de mi, desde ahí no le perdí la vista, era un perfecto ejemplo de lo que quería observar como motivación de mi objetivo final, esperé un poco, después de otro par de cervezas amargas al fin se supo libre, la abordé y escuché su historia amenizada con tres cervezas, dos cumbias raras y una salsa mal bailada, una historia inventada la alejaba de aquí, me contó de un lugar lejano donde nació (o donde quisiera estar,¿qúe sé yo?) y de sus padres sin comprensión, refugios comunes, de sus hijos pequeños y de su madre que a pesar de todo los cuida, de sus horarios y clientes, de los servicios "extra" que debe realizar para poder llevar un sueldo de menos decente y que mantenga su falsa calidad de vida, metida en trajes ajustados, bikinis diminutos y tangas inverosímiles, de sus amores, que jura haber olvidado, pero con tres cervezas encima, hasta la lágrima más falsa es verdadera, la cara exagerada de pintura y un perfume penetrante, empezaba a aburrirme, di el asalto final, le solicité un baile privado, al que accedió sin chistar, me condujo hacia un lugar más obscuro, cruzamos una cortina color vino de terciopelo mal gusto, seis cuartos opuestos entre sí en dos hileras de tres, las ventanas medio cerradas convidaban del espectáculo previo, el diminuto cuarto de tres por tres tenía una pequeña mesa al centro y un sillón ovalado, cómodo, un espejo en el techo y un olor lavanda tenue, la luz baja y la música suave, ella enfundada en una falda negra, medias de encaje y liguero, ocultando sus senos perfectos en un combinado negro, me acercó su rostro exagerado y femenino, su transpiración confundida con perfume me aletargó un poco más y me permití disfrutar, con un ritmo lento y bastante sensual me ofreció su cuerpo a la distancia, sobre aquella mesa diminuta de metal al centro, yo en el sillón complacido, las caderas firmes que otrora hubiera visto en el improvisado escenario convulsionar extasiadas por la música, ahora parvas, suaves, las curvas se juntaban en una coreografía sexual y explícita, los senos cayeron perfectos al quitarse el top, y la tanga blanca diminuta era desprendida al quitar la atadura que la sujetaba a la cadera, el sexo grosero y frontal se mostraba, etéreo, ominoso y brutal. Contagiado por el ambiente y las drogas mentales dejé escapar mi erección que ella acarició y celebró, pretextó lo que sea y me restregó el cuerpo desnudo sobre la ropa, no supe bien si fueron quince o veinte minutos, en los cuales comprendí la evidente realidad de la mujer, su infortunio y su pobre calidad de decisiones, viéndola ahí, desnuda, bailando una música lenta con los ojos cerrados, entendí que sus motivaciones eran aun mayores, que quizás nunca las lograra comprender.
La música fue bajando de volumen igual que los movimientos de ella, para terminar con su cara en la parte interna de mis muslos, lanzándome una mirada mortal. La erección palpitante fue perdiendo fuerza, pagué lo acordado, nos despedimos (ella insistió en despedirse de beso) y la dejé ahí, colocándose la falda amarilla con chamarra roja para su siguiente show... (1/2)

















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